lunes, 30 de junio de 2014

Proceso de envejecimiento, ejercicio y fisioterapia


Objetivo: describir los beneficios de la actividad física y del ejercicio regular en la población mayor. 

Métodos: se realizó una búsqueda en las bases de datos Science Direct, Springer Journal, Springer books y Pubmed, se contó además con la ayuda del buscador de información científica Scirus. Se utilizaron los siguientes términos de búsqueda: envejecimiento, fisioterapia, actividad física, ejercicio físico, adulto mayor. Los artículos examinados incluyeron revisiones, artículos de investigación y capítulos de libros.

Síntesis de los datos: se ofrece la fundamentación de los principales procesos propios del envejecimiento, los cambios estructurales que este genera y sus consecuencias fisiológicas o fisiopatológicas. Se incluye el termino "Envejecimiento Activo", propuesto por la OMS, que conlleva estrategias de promoción de salud y prevención de las deficiencias y las discapacidades e involucra programas de ejercicio físico o actividad física practicados de manera regular. La fisioterapia ayuda a promover, prevenir, curar y recuperar la salud de los individuos, varios de sus programas están destinados a tratar los problemas de discapacidad generados por enfermedades como el parkinson, alzheimer, artritis, fracturas, osteoporosis, caídas y problemas cardiorrespiratorios. Promueven el movimiento y la independencia mediante ejercicios, técnicas de relajación, manejo del dolor, cuidados cardiorrespiratorio y otros.

Conclusiones: someter el organismo a un programa de entrenamiento planificado, contribuye a mejorar la capacidad funcional de múltiples sistemas orgánicos; los programas de ejercicio dirigidos a la población mayor pueden generar un ahorro en los costos sanitarios por disminución de caídas, accidentes cerebrovasculares, infartos del miocardio o enfermedades crónicas propias del proceso de envejecimiento.


Dra. Nancy Landina Parra

Fuente: http://scielo.sld.cu/scielo.php?pid=S0864-34662012000400008&script=sci_abstract


El envejecimiento de la población: un reto


Dr. Adolfo Valdivia Domínguez

Para los próximos años los sistemas de salud tendrán que enfrentar un gran reto: el envejecimiento de la población. Como consecuencia de la transición demográfica que experimenta la mayoría de los países, este envejecimiento traerá consigo un incremento de las enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes, demencia senil, enfermedad de Alzheimer, procesos osteodegenerativos y otros.
Habrá una mayor demanda de atención por su carácter de enfermedades crónicas para las cuales no existe un tratamiento definitivo. Esta atención será cada vez más compleja, requerirá de la introducción de nuevas tecnologías y, por consiguiente, se incrementarán los costos.

Cuba no está ajena a esta situación. El 30 de junio de 2005 la población mayor de 60 años alcanzaba 15,44 %: para el sexo masculino 14,70 y para el femenino 16,19. Este porcentaje no es homogéneo para todo el país. Se pueden identificar tres universos diferentes en cuanto al porcentaje de población mayor de 60 años: occidente (excepto Pinar del Río) las provincias centrales y las orientales. Las tres provincias con mayor grado de envejecimiento de la población son, en ese orden: Villa Clara (18,68 %), Ciudad de La Habana (17,67 %) y Sancti Spíritus (17,04 %). Hay diferencias ostensibles en cuanto a la composición por sexo de los mayores de 60 años.

Por ejemplo: Villa Clara: masculino 18,17; femenino 19,21 %. Ciudad de La Habana: masculino 15,29; femenino 19,87 % y Sancti Spíritus: masculino 16,79; femenino 17,29 %. Esta composición etárea tiene su representación en la mortalidad por todas las causas que nacionalmente alcanza79,16 % en los mayores de 60 años.
A partir de estas consideraciones generales se evidencian algunos supuestos. Como expresamos, demográficamente el país no es homogéneo y hay también diferencias en las tasas de mortalidad.

La tasa bruta de mortalidad (TBM) nacionalmente es de 7,5 por 1 000 habitantes, pero en Villa Clara es de 8,6; en Ciudad de La Habana de 9,0 y en Sancti Spíritus de 8,2 por 1 000 habitantes por todas las causas, mientras en el interior de cada una de estas provincias existen diferencias ostensibles. En la provincia de Ciudad de La Habana, Plaza de la Revolución es el municipio más envejecido del país con 25,02 %, y presentó una TBM de 10,28 por 1 000 habitantes en el 2005. 85,20 % de la mortalidad ocurre en los mayores de 60 años. Aunque en sentido general las principales causas de muerte son las mismas que se recogen en el cuadro general de las provincias, hay diferencias cuando estas se analizan en las áreas de salud en relación con su magnitud.

Una primera conclusión se desprende de esto. A los efectos de gerenciar mejor el Programa del Adulto Mayor, las cifras globales, tanto nacionales como provinciales, no pueden ofrecer una imagen exacta de lo que está sucediendo en cuanto a la mortalidad del mayor de 60 años se refiere. Es por eso que la Dirección Municipal de Salud de Plaza de la Revolución ha venido realizando una investigación que pretende estratificar la mortalidad del territorio en el trienio 2003-2005.


Fuente: http://scielo.sld.cu/scielo.php?pid=S1561-30032006000300001&script=sci_arttext

Del envejecimiento a la enfermedad de Alzheimer

Juan A. Samper NoaI, Juan J. Llibre RodríguezII, Saily Sosa PérezIII, Joel Solórzano Romero IV
IEspecialista Segundo Grado en Medicina Interna. Master en Gerontología Médica y Social. Doctor en Ciencias Médicas. Profesor Titular. Hospital Militar Universitario «Dr. Carlos J.Finlay». 27B Núm. 23217 E 102 apto 8 entre 232 y 234. Lisa. La Haban. E-mailto: juan.samper@infomed.sld.cu 
IIEspecialista Segundo Grado en Medicina Interna. Doctor en Ciencias Médicas. Profesor Titular. Hospital Militar Universitario «Dr. Carlos J.Finlay». E-mailto: mguerra@infomed.sld.cu 
IIIEspecialista Primer Grado en Medicina Interna. Master en Longevidad Satisfactoria. Auxiliar. Hospital Militar Universitario «Dr. Carlos J.Finlay». 59 E 13 apto 3 entre 76 y Final. San Antonio de los Baños. Artemisa. E-mailto:victorso@infomed.sld.cu 
IVEspecialista Primer Grado en Medicina Interna. Master en Longevidad Satisfactoria. Instructor. Hospital Militar Universitario «Dr. Carlos J.Finlay». 31C E 207 apto 6 entre 246 250. Lisa. La Habana. E-mailto:joelsolorzano@infomed.sld.cu



RESUMEN

Prolongar la esperanza máxima de vida ha sido una aspiración permanente en todas las civilizaciones. Como resultado de tal incremento en la esperanza de vida, existe un progresivo y continuo crecimiento del número de personas mayores de 65 años. En este grupo etáreo, se origina una proliferación creciente de un número importante de enfermedades crónicas, entre las que el síndrome demencial ocupa un lugar relevante. Definir el envejecimiento cognitivo normal es complejo, pero la mayoría de los investigadores afirma que el anciano normal, es decir, sin ninguna enfermedad, no tiene deterioro cognitivo. Los síntomas en la fase inicial de la EA son leves y se superponen con los cambios atribuibles al envejecimiento. Se plantea, que el DCL sea un estado transicional entre las capacidades cognitivas normales y una claramente reconocible EA (continuum cognitivo). Identificar a los individuos con mayor riesgo de desarrollar este tipo de demencia, es actualmente un tópico de gran interés teórico y práctico. Las mediciones de memoria episódica y función ejecutiva son las más sensibles para detectar individuos que desarrollarán demencia. Es de suma importancia, entonces, poder evaluar tempranamente los cambios cognitivos que se presenten en los ancianos.



Fuente: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1729-519X2011000300010

Envejecimiento exitoso y calidad de vida. Su papel en las teorías del envejecimiento

Carmen María Sarabia Cobo
DUE, CS El Alisal, Santander, Cantabria. Profesora asociada del Área de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, y Psicogeriatría. EUE Casa de Salud Valdecilla, Universidad de Cantabria. Licenciada en Psicología. Licenciada en Antropología Social y Cultural.

RESUMEN

El envejecimiento es en sí mismo un proceso cuya calidad está directamente relacionada con la forma como la persona satisface sus necesidades a través de todo su ciclo vital. La satisfacción de las necesidades de la especie humana es lo que condiciona la llamada "calidad de vida" y ésta es, a su vez, el fundamento concreto de bienestar social. Desde hace años, dentro de la corriente de investigación en teorías del envejecimiento, se están perfilando nuevos conceptos teóricos que aporten un mejor entendimiento del proceso del envejecimiento. Uno de esos conceptos es el de "bienestar subjetivo", entendido éste como el grado de satisfacción que experimentan las personas cuando hacen una valoración o juicio global sobre sus vidas.


Fuente: http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1134-928X2009000400005

Senescencia celular y envejecimiento

Se realizó una revisión acerca de la senescencia celular. El envejecimiento en organismos complejos multicelulares como los mamíferos comprende cambios distintivos en células y moléculas que comprometen finalmente su adecuada funcionalidad. Muchos de estos cambios se producen como resultado de respuestas celulares, que han evolucionado para reducir el impacto inevitable de insultos tanto endógenos como ambientales y que conducen finalmente al fenotipo característico de la vejez. Debido a que la fuerza de la selección natural disminuye con la edad, es probable que estas respuestas celulares no hayan sido optimizadas durante la evolución para beneficiar a los organismos viejos. Esto quiere decir que algunos cambios celulares asociados a la edad pueden ser el resultado de la actividad de genes que fueron seleccionados por sus efectos beneficiosos en edades tempranas y que a su vez, presentan acciones deletéreas y pobremente seleccionadas en edades avanzadas. La senescencia celular puede ser un ejemplo de este fenómeno. Es esencial para la viabilidad y el buen funcionamiento de los organismos jóvenes, pero puede contribuir al fenotipo envejecido y a algunas enfermedades asociadas a este. De esa forma se puede decir que el envejecimiento podría ser el precio que se paga por una óptima salud en edades tempranas del desarrollo.


El envejecimiento es en última instancia un fenómeno de los organismos intactos, sin embargo, es el resultado de reacciones bioquímicas, respuestas celulares y acciones de genes que pueden tener diferentes efectos en diferentes tejidos de organismos multicelulares. 
En las actuales teorías evolutivas del envejecimiento, se propone que la causa primaria de este surge de acciones no seleccionadas de genes específicos, los cuales evolucionaron en condiciones ambientales que difieren significativamente de las actuales. De esta forma es muy probable que el fenotipo envejecido surja debido a que la fuerza de la selección natural disminuye con la edad. Esto puede tener 2 efectos; en primer lugar, puede permitir la acumulación de mutaciones deletéreas de efecto retardado que comprometan la salud de los organismos viejos y en segundo lugar, puede permitir procesos que fueron seleccionados por sus efectos beneficiosos en edades tempranas pero que a su vez presentan efectos dañinos, no seleccionados en edades avanzadas. Este fenómeno se conoce como pleiotropismo antagónico1 y es una de las principales teorías evolutivas del envejecimiento. 



Para los organismos multicelulares complejos como los mamíferos serían necesarios cientos de páginas, para revisar todas las modificaciones celulares y moleculares reportadas que ocurren como resultado del envejecimiento: sin embargo, no se pretende en esta revisión abarcarlo todo, sino más bien centrarse en una respuesta celular que se produce en mamíferos, de gran importancia para el mantenimiento de la funcionalidad de los tejidos adultos pero que puede contribuir al fenotipo envejecido, que es la senescencia celular o la respuesta senescente. 


Las células responden adoptando un fenotipo senescente frente a varias señales intrínsecas y extrínsecas. Se conoce que este proceso es de suma importancia en la conservación de la salud y funcionalidad de muchos tejidos de organismos complejos adultos como los mamíferos. Sin embargo, se ha propuesto que contribuye al fenotipo envejecido y/o desarrollo de ciertas enfermedades asociadas a la vejez.2 ¿Cómo este proceso puede ser al mismo tiempo beneficioso y dañino para organismos complejos y cómo puede contribuir al envejecimiento? No existen hasta la fecha respuestas definitivas aunque en la última década se han alcanzado importantes avances en el entendimiento de la regulación y las consecuencias biológicas de la senescencia celular. Se han logrado, además, progresos importantes en el entendimiento de algunas de las causas del envejecimiento. La convergencia de estos 2 aspectos brinda elementos para especular sobre cómo la senescencia celular podría afectar el envejecimiento de los organismos complejos.



Fuente: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0864-03002003000300010

El envejecimiento y el estrés oxidativo

Lic. Adonis E. Zorrilla García

El envejecimiento y la disminución de la longevidad parecen ser debidos en parte a la acción de los radicales libres encargados de diversas reacciones de oxidación enzimática. Los radicales libres de oxígeno son altamente reactivos y todas las células pueden ser lesionadas por los mecanismos siguientes:

1. Alteraciones oxidativas acumuladas en el colágeno, la elastina y el DNA. 
2. Ruptura de mucopolisacáridos mediante la degradación oxidativa. 
3. Acumulación de sustancias metabólicamente inertes, como ceras y pigmentos, y fibrosis de arteriolas capilares.


Según estos mecanismos metabólicos, la expectativa de vida depende de la lentificación en el consumo de oxígeno. Complejas reacciones bioquímicas han sido descritas en el cuerpo humano, estando estas controladas por múltiples mecanismos de regulación. Muchas de las reacciones bioquímicas implican transferencia y liberación de energía, que pueden acarrear formación de radicales libres, sin embargo estos deben ser cuidadosamente controlados porque dada su naturaleza altamente reactiva representan una amenaza potencial para los tejidos sanos.4

El incremento del estrés oxidativo puede resultar de un aumento en la producción de precursores de radicales de oxígeno reactivos, de un aumento de las especies reactivas del oxígeno (EROs), de un incremento de las catálisis prooxidantes, de una reducción de los sistemas antioxidantes o de una combinación de todos ellos.7
Las especies reactivas de oxígeno presentan una alta reactividad tanto que son capaces de reaccionar con una amplia gama de estructuras celulares. Se conoce que sus blancos fundamentales son los ácidos grasos insaturados de las membranas fosfolipídicas, proteínas y ácidos nucleicos. Estas especies, altamente reactivas, una vez formadas dan lugar a una serie de reacciones en cadena (peroxidación lipídica, glicosilación) que pueden dañar todas las moléculas de importancia biológica ya sea por una alteración directa de la estructura y función, por la aceleración de la proteólisis endógena selectiva o por el incremento de la función enzimática.7

Existen numerosas reacciones enzimáticas que sirven como fuente de radicales libres entre las que se encuentran: las implicadas en la cadena respiratoria, en la fagocitosis o en la síntesis de las prostaglandinas. También se producen radicales libres en reacciones no enzimáticas entre el oxígeno y los compuestos orgánicos y como consecuencia de las radiaciones ionizantes.

El envejecimiento por la intervención de los radicales libres se debe a:
– Incremento en la velocidad de consumo del oxígeno en la mitocondria, lo cual disminuye su longevidad. 
– Intervención de los radicales libres en el desarrollo de ciertas enfermedades (cáncer y aterosclerosis).


Con el desarrollo de la vejez, las acciones de las especies reactivas de oxígeno y de otros radicales son mucho más perjudiciales, porque con el envejecimiento los sistemas antioxidantes se ven disminuidos y por tanto existe una mayor probabilidad de que las especies radicalarias ejerzan su acción sobre sus moléculas blancos. A continuación se mencionan algunas acciones biológicas de los radicales libres de oxígeno sobre moléculas de importancia biológica, las cuales se agravan con la vejez.

Fuente: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0864-03002002000300006

Fenomenología de la demencia

Otto Dörr Zegers*
*Profesor Titular de Psiquiatría de la Universidad de Chile, Jefe de Servicio del Hospital Psiquiátrico de Santiago.

En el envejecimiento patológico o senilidad, todos los rasgos descritos pierden su aspecto positivo para mostrar sólo el lado deficitario. Y así, en lo que se refiere a la espacialidad, el «alejamiento» se transforma en indiferencia, la «reducción de la movilidad», en inmovilidad y pérdida del acceso al espacio trascendente, mientras la «coexistencia de lo esencial y lo accesorio» se transforma en una mera ocupación con objetos inútiles y órdenes innecesarios. 

Por su parte, en lo que se refiere a la temporalidad, el «enlentecimiento» se transforma en una paralización del devenir temporal, la «contemporaneidad de elementos esenciales y triviales» desparece bajo el imperio de la trivialidad y la «presentización» o presente enriquecido se diluye hacia una puntualidad vacía sin conexión alguna con el pasado ni con el futuro. Si prescindimos de las distintas formas de demencia según su etiología (enfermedad de Alzheimer, demencia vascular, demencia post-traumática, demencia alcohólica, etc.) y nos atenemos sólo a las formas de presentación de los síndromes orgánico-cerebrales, tendríamos que distinguir, siguiendo a Scheller7, al menos tres grandes síndromes: un «síndrome cerebral difuso», descrito fundamentalmente por Bleuler9, un síndrome cerebral focal con varios subsíndromes, descrito por Scheller y el síndrome de Korsakoff. Las causas más frecuentes del «síndrome cerebral difuso», son la enfermedad de Alzheimer y la demencia por infartos múltiples o vascular y los síntomas fundamentales son el compromiso de la memoria, en particular de la de fijación, la alteración del pensamiento, en el sentido de una disminución de la cantidad de representaciones simultáneamente posibles y la alteración de la afectividad, caracterizada en lo fundamental por la incontinencia afectiva y las reacciones catastróficas. A lo anterior, habría que agregar el cambio de la personalidad, que va a ser diferente en intensidad y forma según la etiología.

El «síndrome cerebral focal» muestra, en primer plano, alteraciones de la afectividad, de la impulsividad y de la espontaneidad, con una conservación relativa de la inteligencia y de la memoria. H Scheller ha distinguido tres subsíndromes focales: el «síndrome de la pérdida de los valores», descrito originalmente por Meynert, y donde el daño reside en la región basal del lóbulo frontal o cerebro orbital de Kleist. Las causas más importantes son la enfermedad de Pick y los meningiomas de la región olfatoria. El segundo subsíndrome de Scheller, es el de la «pérdida de la espontaneidad», cuadro en el cual los actos libres y orientados hacia un propósito son reemplazados paulatinamente por actos cada vez más automáticos, que obedecen en forma ciega a estímulos externos. Este síndrome aparece cuando se compromete la parte anterior del lóbulo frontal, ya sea por un tumor, por un traumatismo o por la misma enfermedad de Pick. Este cuadro se combina frecuentemente con el síndrome cerebral difuso en los cuadros demenciales de tipo Alzheimer muy avanzados. El tercer subsíndrome, es el de la «pérdida de la capacidad simbólica», con asimbolia y afasia transcortical y que se presenta en lesiones localizadas en el lóbulo temporal. Este subsíndrome aparece en las formas preseniles de la enfermedad de Alzheimer o como consecuencia de traumatismos encéfalo-craneanos.

La tercera forma de presentación de los cuadros demenciales es el síndrome de Korsakoff, que ha de considerarse como independiente, tanto del síndrome cerebral difuso como del local, por tener un perfil psicopatológico muy característico. Los síntomas clásicos de este síndrome son la amnesia para hechos cercanos en el tiempo con conservación de los recuerdos antiguos y también de la memoria de fijación inmediata; la desorientación témporo-espacial; la fabulación de perplejidad y los falsos reconocimientos. El sustrato anátomo-patológico del síndrome de Korsakoff es la lesión bilateral, aunque no necesariamente simétrica, del llamado circuito de Papez o circuito límbico-hipocampo-mámilo-tálamo-cingular. Las causas más frecuentes de este síndrome son el alcoholismo, las intoxicaciones severas con gases como el monóxido de carbono y el anhídrido sulfuroso y los tumores que pueden afectar esa zona.

La pregunta es ¿qué constituye lo esencial de la demencia? ¿Por qué hablamos de demencia tanto en el «síndrome cerebral difuso» de Bleuler8, con el típico compromiso de la memoria, la inteligencia y la afectividad y también en los «síndromes cerebrales focales» de Scheller7, donde, a veces, la memoria y la inteligencia en gran medida se conservan? Lo que todos estos cuadros presentan en común es un cambio global de la personalidad, que hace que los familiares consideren al paciente como esencialmente «distinto». Este carácter global del cambio de la personalidad, no en el sentido de los «trastornos de personalidad», sino del ser-persona, que observamos en las demencias, también ocurre en una enfermedad completamente distinta, como es la esquizofrenia. Ambos cuadros también tienen en común el carecer de conciencia de enfermedad: ni el esquizofrénico acepta estar loco ni discutir el contenido de su delirio, ni el demente se da cuenta de su empobrecimiento intelectual, afectivo o valórico. Uno podría pensar, entonces, que en ambas enfermedades hay una falla en la «conciencia de sí mismo». Sin embargo, algo nos dice que el fenómeno es diferente en una y otra, y precisar esta diferencia podría ser una forma de acercarnos a la esencia misma de la demencia. Porque cabe preguntarse: ¿el hecho que un esquizofrénico afirme que le transmiten pensamientos por telepatía, significa necesariamente que él carece de la capacidad de reflexionar sobre sí mismo, o no es más bien que el mundo se le abre a su percepción conteniendo la posibilidad de la transmisión telepática y que al ser ese el modo de su mundo no cabe que tenga dudas sobre él? Recordemos la famosa frase de Hegel: «El individuo es lo que es su mundo en cuanto suyo»9. El esquizofrénico se asume y se proyecta como ser histórico, vale decir, como persona, pero lo hace hacia un mundo que para el resto de la sociedad es extraño, absurdo, imposible, mágico, o lo que sea. De lo que resulta que, la tal falta de conciencia de enfermedad que le atribuimos al paciente psicótico nada tiene que ver con su conciencia de sí como tal, sino más bien con el hecho de una incompatibilidad de mundos que se chocan: el del esquizofrénico y el de los otros, los sanos, ¡pero mundos, al fin!
Muy distinto se nos muestra el fenómeno de la falta de conciencia de enfermedad en el demente. Cuando el enfermo de Korsakoff mira nuestro delantal blanco y el tubo de luz neón y nos confunde con su amigo, el carnicero de la esquina, resulta evidente que lo que él no está pudiendo hacer, es tomar distancia de su vivenciar irreflexivo y apegado a su entorno para definirse o más bien asumirse respectivamente, por ejemplo, como un sujeto de 75 años con tal o cual historia, que ha venido a consultar a un médico por determinadas molestias, a pedir su ayuda, etc. Es decir, el paciente orgánico equivoca, y con toda naturalidad, la situación y la identidad del médico desde su incapacidad de colocarse sobre la situación vivida, para reflexionar acerca de ella y de sí mismo en cuanto sujeto histórico. Es por eso que su vivenciar es el mero reflejo de las necesidades vegetativas o de las emociones elementales, mientras su conducta termina por reproducir automáticamente, en los fenómenos en «eco», los estímulos externos, como ocurre en algunos síndromes cerebrales locales. En el esquizofrénico, en cambio, hay una metamorfosis semántica de un mundo ya trascendido por un yo percipiente y configurante y en esa medida es que podemos afirmar que su auto-reflexividad está conservada. Zutt10 piensa que la capacidad de reflexión sobre sí mismo constituye la función más elevada y más propia de la inteligencia humana, mientras que el resto de las habilidades las tenemos casi todas en común con los animales. El demente ha perdido la capacidad de saber que sabe o no sabe, que puede o no puede, que ha vivido o no ha vivido y, por eso, no recuerda, no entiende, es desajustado, es torpe, es esclavo del mundo en cuanto estímulo. Esta forma superior de inteligencia corresponde a lo que también se conoce como «factor G de Spearman», factor que satura o trasciende todas las pruebas y que, según Henry Ey, no es sino «el yo (mismo) en cuanto sujeto y agente de la inteligibilidad de su mundo»11.

Es la capacidad de conocerse conociendo el mundo, y viceversa, la que se pierde en los cuadros orgánico-cerebrales que conducen a la demencia. Así concebida esta cualidad superior del yo, se comprende la afirmación de Brinck12, cuando dice que la conciencia es una cualidad de los actos, porque el yo es en cuanto actualización y cada acto lo sé mío y al saberlo lo trasciendo y conozco y me conozco, sea que a través de mi acción modifico el entorno o que éste me modifica a mí a través de la percepción. Pero soy siempre yo quien opera y sabe que opera o percibe y sabe que percibe. Al fracasar esta función fundamental, por la cual el yo se constituye a sí mismo en las actualizaciones, desaparece necesariamente la memoria, por cuanto lo que se recuerda es justamente esa conciencia del acto; pero también se pierde la capacidad de abarcar la situación como totalidad (pérdida de la actitud categorial) y las emociones pierden su nexo esencial con el acto inteligente para reducirse a expresiones fragmentarias y desproporcionadas.

En los síndromes cerebrales locales también se puede comprender la mayor parte de los síntomas como expresión de la pérdida de la conciencia de sí mismo. Y así, en el «síndrome de la pérdida de los valores», también llamado demencia afectiva, el yo se presenta como un mero efector de necesidades vegetativas elementales, desapareciendo toda referencia a esa región del mundo del deber-ser, hacia el cual el yo venía encaminándose desde la oscuridad biológica de la infancia, a través de su permanente trascender la experiencia vivida. No tener valores significa incapacidad de proyectarse más allá de lo inmediato, esclavitud frente a las pulsiones internas. En el «síndrome de la pérdida de la espontaneidad» ocurre, en cierto modo, lo contrario, pues la existencia se hace esclava de los estímulos externos, hasta el extremo de la aparición de ecolalia y ecopraxia. El yo ya no puede comandar el vivenciar ni modificar el entorno, porque toda posibilidad de elevación sobre la situación, toda trascendencia se ha hecho imposible y así la vida psíquica deviene en una caricaturesca repetición de lo que aparece en el campo de la conciencia, sea como pulsión interna o como estímulo externo.

En suma, todos los déficits constatados en las distintas formas de demencia pueden reducirse a una sola falla fundamental: la incapacidad del yo de volver sobre sí mismo y tomar una posición o actitud, elevándose por encima de la vida pre-reflexiva. Pero ocurre que esta capacidad del yo no es una función más, sino aquello que define al hombre como ser racional e histórico. Si seguimos el pensamiento de Teilhard de Chardin13, descubrimos que lo que pierde el demente es, justamente, la capacidad que surge como clímax del proceso de la evolución, allí donde la naturaleza se vuelve, se enrolla sobre sí misma y da lugar a la conciencia a través de una sola de sus especies, el homo sapiens. Pero al mismo tiempo, esta capacidad de reflexión, este volver sobre sí mismo, es lo más propio del concepto que más acertadamente ha definido al ser humano, cual es el de persona. En la dialéctica entre el sujeto y su máscara, implícita en el concepto de persona, propuesto en la Grecia clásica, late esta conciencia de sí, distinta, pero simultáneamente idéntica al sujeto viviente y que hace del enfermo orgánico cerebral, al faltar, un demente. Ser demente significa entonces dejar de ser persona, algo que jamás se podría decir del esquizofrénico o del más grave de los depresivos. El esquizofrénico puede ser absolutamente autista o amanerado o incomprensible, pero sigue siendo una persona, en la medida que se asume de alguna manera y proyecta un mundo, se opone al otro y se sabe histórico, vale decir, está orientado. Porque la desorientación temporal, rasgo característico de todas las demencias, no es una consecuencia necesaria de la amnesia, como se afirma en algunos textos, ni menos aún de una agnosia particular, sino el resultado de haber perdido la capacidad de ser y por tanto, de hacer historia.





Referencias

1. Pelicier Y. Les rôles du troisième âge: Un indicateur socioculturel d'efficacité. Sciences et Devenir de l'Homme, Les Cahiers du MURS 1985; 2: 19-33.         
2. Dörr-Zegers O. Approche phénomenologique au problème du vieillissement normal. 1993; 25, 13: 1319-23. Psychologie Medicale         
3. Heidegger M. Sein und Zeit (1927). 10. Auflage. Tübingen: Niemayer, 1963.         
4. Buytendijk FJJ. Allgemeine Theorie der menschlichen Haltung und Bewegung. Berlin-Göttingen-Heidelberg: Springer Verlag, 1956.         
5. Goldstein K. Zum Problem der Tendenz zum ausgezeichneten Verhalten. Dtsch. Z. Nervenheilk 1929; 109: 1-61.         
6. Machado A. «Retrato». En: Antología Poética. Estella: Salvat Editores S. A.; 1971.         
7. Scheller H. Über den Begriff der Demenz und unterscheidbare klinische Formen von Demenzen. Der Nervenarzt 1965; 36: 1-7.         
8. Bleuler E, Bleuler M. Lehrbuch der Psychiatrie. Berlin, Heidelberg, New York: Springer-Verlag; 1975.        
9. Hegel GWF. Cit. por Blankenburg, W., en: Der Verlust der natürlichen Selbstverständlichkeit.Stuttgart: Ferdinand Enke Verlag; 1971; 116-17.         
10. Zutt J. «Was lehren uns die Demenzzustände über die menschliche Intelligenz»: Der Nervenarzt 1964; 35: 1-5.        
11. Ey H. Tratado de Psiquiatría. Barcelona: Editorial Toray-Masson, S. A. (1969).    
12. Brinck G. Síntomas comunes en el cuadro orgánico cerebral. Santiago: Ediciones de la Vicerrectoría de la Universidad de Chile; 1974.         
13.Teilhard de Chardin P. El fenómeno humano. Madrid: Taurus; 1967.         

Fenomenología del envejecimiento

Tanto en castellano como en francés existen dos expresiones para referirse a la también llamada «tercera edad»: senescencia y senilidad. La primera apunta al proceso de envejecimiento normal y la segunda, a sus formas patológicas o procesos demenciales. Esta distinción es importante, por cuanto la senescencia encierra posibilidades de compensación, mientras que en la senilidad, como afirma Yves Pelicier1, «el organismo se abandona al proceso deficitario». Las posibilidades de compensación que tiene la senescencia, hacen imperativo eliminar los prejuicios con que nuestra sociedad occidental sobrecarga todavía a los ancianos. Una forma de acercarnos al mundo del anciano, sería determinar las características de su espacialidad y de su temporalidad -radicales antropológicos que muestran rasgos diferentes en las distintas etapas de la vida-, que ya iniciamos en un trabajo anterior2.

a) La espacialidad de la senescencia
El espacio humano poco o nada tiene que ver con el espacio de las dimensiones, ese que mide en centímetros, metros o kilómetros. Mucho más cerca se encuentra ese amigo que vive en París, a miles de kilómetros, según el espacio geográfico, que mi vecino, de quien me separan, según ese mismo espacio, sólo algunos centímetros de pared. Ahora bien, el existente humano es espacial desde su estructura misma como ser-en-el-mundo3, pero al mismo tiempo está permanentemente «regalando espacio» (ein-räumen), dejando a las cosas ser en su espacialidad. Sólo así es posible el conocimiento de las cosas y en el caso de los otros, es ese otorgar espacio la base del respeto, de la amistad y del amor. El espacio de la violencia es lo contrario del espacio amoroso, porque en él la lucha por el espacio vital (en la cual se enmarca también el mundo de la competencia profesional y comercial) se lleva al extremo del desplazamiento y la destrucción. Pero, así como hay un espacio propio del trabajo, otro del amor y otro de la violencia, existen muchos otros espacios humanos, como el religioso, el artístico o el matemático y, según las etapas de la vida, podemos distinguir al menos un espacio infantil, uno adulto y otro propio de la vejez. ¿Cuáles serían las características de este último?

1º El alejamiento: a diferencia del niño, que vive pegado a lo inmediato y del adulto, que vive lanzado en determinados proyectos de corto y mediano plazo, el anciano vive en un mundo de recogimiento o «toma de distancia»4. Esto no se refiere sólo al hecho de su abandono del trabajo, sino también a un alejarse de toda participación activa en la vida. La ambición, el afán de poder y el deseo, están en mayor o menor medida apagados. Ahora bien, esto no significa necesariamente pasividad o pereza, sino más bien un nuevo modo de estar en el mundo, un esperar tranquilo lo que la vida pueda regalar, sin tener que conseguirlo sobre la base del trabajo y del esfuerzo. La descripción de la conducta de los ancianos sentados en los parques es muy ilustrativa de este distinto modo de estar en el mundo. A diferencia de los niños, con su permanente inquietud y de los jóvenes que pronto se cansan de la inactividad, los ancianos pueden permanecer largo tiempo sentados en una actitud de contemplación tranquila de lo que ocurre alrededor. Ellos siguen sólo con leves cambios de posición de la cabeza el movimiento de la vida a su alrededor (el juego de los niños, el pasar de los caminantes, los ruidos y las conversaciones), mientras el tronco permanece en una suerte de inmovilidad. Los acontecimientos a su alrededor, son vividos por el anciano como si ocurrieran en un escenario y de ahí esa aparente contradicción entre el gran interés que les despierta cualquier cosa, por banal que ella sea y su casi inmovilidad. Esta actitud de alejamiento de todo se va acentuando en la vejez, hasta llegar, en los confines de la muerte, a una suerte de «transfiguración del cuerpo». ¡Cuántas veces hemos presentido la muerte de algún ser querido o conocido, de edad avanzada, sólo porque ese modo de estar alejado se había acentuado aún más y porque nos parecía que su cuerpo de alguna manera empezaba a flotar entre el cielo y la tierra!

2º Reducción de la movilidad: junto con el alejamiento de los afanes del mundo, observamos en el hombre mayor una especie de pobreza de movimientos. Esos movimientos que acompañan naturalmente a una acción determinada, y que no son del todo necesarios, van desapareciendo poco a poco con la edad. Mientras el hombre joven puede al mismo tiempo caminar, conversar, saludar y cambiar el paquete que lleva de una mano a la otra, el anciano sólo puede realizar estos distintos movimientos en forma secuencial. Esta motórica propia del envejecimiento denota una inconfundible semejanza con lo que ocurre en la enfermedad de Parkinson. La rigidez, la hipomimia y la ausencia de movimientos expresivos accesorios, que caracterizan a esta enfermedad, serían una versión extrema de esta reducción motora y por ende espacial, propia del hombre anciano. Pero la coexistencia de una reducción del espacio con un alejamiento del mundo se da, paradójicamente, junto a una apertura hacia el espacio más amplio, que es el espacio trascendente, el espacio sagrado. Es frecuente observar un aumento de la religiosidad en los ancianos, lo que no tiene que ver con el miedo a la muerte. Al igual que en el joven, la muerte es vivenciada por el anciano como algo muy lejano, aunque en su caso esté muy próxima desde el punto de vista cronológico. La mayor religiosidad del anciano se debe justamente a las características propias de su espacialidad: el alejamiento de los afanes del mundo, la disminución de la motilidad, que de algún modo prepara para el recogimiento y la apertura de la mirada hacia el espacio de la trascendencia.

3º Coexistencia de lo esencial y lo accesorio: el mundo del anciano está lleno de pequeñeces, de objetos inútiles, de órdenes innecesarios, de colecciones cualesquiera. Esto es muy evidente en la senilidad y en particular en la demencia de tipo Alzheimer, pero también se lo ve en el senescente normal. Las pequeñas cosas adquieren una importancia desmesurada. Goldstein5 ha atribuido este rasgo a una «pérdida de la actitud abstracta». Pensamos que no es necesariamente así, porque se trata de un fenómeno selectivo. No a cualquier objeto se aferra el anciano como si fuera lo más importante en el mundo, sino a todo aquello que ha tenido una particular significación en su vida: fotografías de tiempos pasados, objetos que pertenecieron a su madre o al hijo fallecido prematuramente y, luego, objetos personales como una lapicera o un reloj, que a su edad ya no son tan fácilmente comprables como lo fueron en la etapa productiva de su vida. Pero hay otra razón que nos hace pensar que este rasgo no es la mera expresión de una pérdida de la actitud abstracta y es el hecho que este aparente quedar preso en el espacio de lo pequeño y accesorio se da la mano con un fenómeno exactamente contrario, a saber, una gran capacidad para captar y comunicar cosas esenciales, condición que desde antiguo los ha hecho acreedores del calificativo de sabios. En efecto, con el envejecimiento se va produciendo un proceso de «esencialización», vale decir, una mayor capacidad tanto para aprehender valores eternos como para transmitirlos. Todo lo superfluo va siendo dejado de lado. Recordemos que Antonio Machado6, en uno de sus poemas más conocidos, manifiesta el deseo de que en las postrimerías de la vida la muerte lo encuentre «ligero de equipaje». En este mismo sentido, no deja de ser curioso el hecho de que con los años, la mayoría de las personas vaya perdiendo peso y que los ancianos obesos sean una excepción. Es como si la naturaleza misma se hiciera parte de este proceso de «aligeramiento» del cuerpo y del espacio, necesario en las cercanías de la muerte.

En resumen, la espacialidad del senescente está marcada por tres parejas de elementos opuestos: cercanía y distancia; reducción del espacio hasta la casi inmovilidad en la enfermedad de Parkinson y apertura hacia el más amplio de los espacios, el espacio sagrado; fijación a lo pequeño y accesorio de los objetos del entorno y, al mismo tiempo, capacidad de captar cosas esenciales y luego de transmitirlas.

b) La temporalidad de la senescencia

Con el tiempo ocurre como con el espacio, así, el tiempo cronológico es sólo un derivado, una abstracción del tiempo existencial. Frente a la uniformidad del tiempo cronológico en la vida humana, existen distintos tiempos según la edad o las circunstancias. El tiempo de la alegría es distinto al tiempo del dolor, el de la espera es infinitamente largo, mientras corto se hace siempre el tiempo del encuentro feliz. ¡Con qué velocidad transcurre en las etapas creativas de la vida y cuán lento se hace en la depresión! Pero también las distintas etapas de la vida tienen su propia temporalidad. Nadie podría discutir que el tiempo del niño es muy distinto al tiempo del adulto o al del anciano. Intentaremos delinear las características principales del tiempo de la senectud.

1º Enlentecimiento: el niño vive el tiempo como un lento transcurrir y entre el comienzo de las clases y el próximo veraneo, el espacio de tiempo le parece infinito. En el adulto ocurre lo contrario: para él cada año transcurre más rápido y esta velocidad aumenta en directa relación con los proyectos, realizaciones, compromisos y viajes que tenga. En la vejez, en cambio, abandonado ya el trabajo y sin tener que esforzarse para ganar el sustento, el tiempo vuelve a enlentecerse y, por ende, vuelve a alejarse la muerte, esa situación límite que tanto se acercara en la edad adulta, bajo la forma del miedo o la angustia y cuando nos encontrábamos en medio de las responsabilidades de hijos y trabajo. En la vejez nada urge y nadie nos necesita como antes en la oficina o en la casa, pero tampoco nadie nos obliga ni nos manda. Volvemos a tener entonces la sensación infantil de la omnipotencia: cualquier día haremos esto o aquello.

2º Contemporaneidad de momentos esenciales y triviales: paralelamente con este enlentecimiento ocurre otro fenómeno característico. Cada momento adquiere una importancia muy grande y casiequivalente. Es como si el anciano perdiera la capacidad de distinguir entre los momentos que son esenciales y los que no lo son y así, él da la misma importancia a la pérdida de un objeto cualquiera que a la visita de un hijo o a los síntomas iniciales de una enfermedad. Una versión extrema de este fenómeno es la conocida «reacción catastrófica» que presentan los ancianos con signos de deterioro o demencia frente a sobre-exigencias o frustraciones de la vida cotidiana. Sin distinguir el distinto valor o importancia que pueda tener una situación u otra, él reacciona con la misma angustia e irritación. Este fenómeno tiene, empero, su lado positivo y es el nivel de entrega que el anciano puede alcanzar en la relación con sus nietos y parientes, pero también con los animales. Quien haya tenido la suerte de gozar largamente a sus abuelos podrá dar fe de lo antedicho. ¡Cuánto tiempo nos dedicaron en la niñez, como si nosotros fuésemos lo más importante del mundo para ellos! En la literatura hay numerosos ejemplos de descripciones sobre la infinita riqueza que pueden alcanzar determinados momentos junto a personas ancianas.

3º La presentización: el futuro se esfuma al no haber obligaciones que cumplir ni proyectos que realizar. Toda la fuerza que el joven y el adulto invierten en un futuro que todavía no existe, se concentra en el anciano en el momento presente, haciéndolo más rico, intenso y prolongado. Por su parte, el pasado, tan olvidado por jóvenes y adultos, se hace palpablemente presente en el anciano a través de esa extraordinaria memoria para los hechos remotos, la que más que una mera capacidad mecánica de revivir imágenes, es otra forma de estar en el mundo y orientarse en él. Esta presentización del pasado nos explica esa capacidad del anciano de entregarse por horas a un presente sin actividades ni logros concretos, a un presente en apariencia vacío. En esos momentos, el anciano vive intensamente recuerdos lejanos, repasa minuto a minuto lo que fuera su niñez, su juventud y primera madurez y aprovecha toda la fuerza vital que el adulto gasta en proyectos para vivir con redoblada intensidad y a veces también profundidad, en ese presente que tiene ahí delante: un nieto, un paisaje, una conversación. Quizás sea este fenómeno de la concentración de toda la fuerza vital en un presente penetrado del pretérito, y alejando todo sueño sobre futuros inalcanzables, lo que otorga al anciano esa consistencia y redondez que en algunos alcanza el nivel de la sabiduría. El origen de la palabra sabiduría es sapere, que en latín significaba originalmente, saber en el sentido de saborear. Sabio era en el mundo clásico aquel que sabía distinguir sabores de vinos y comidas. El sabio es entonces un catador o ungourmet
Ahora bien, si algo es propio de estas personas es su capacidad de dar con la medida justa, con la medida perfecta, algo que tiene en común con el hombre de buen gusto, que lo emparienta con el hombre de sentido común. El sabio es todo esto en forma superlativa. El anciano llega naturalmente a la sabiduría desde este fenómeno de la presentización, a través del cual podrá saborear bien y descubrir la medida y el buen gusto de ese presente concentrado y enriquecido que es o debería ser su vida.

En resumen, la temporalidad del senescente está marcada también por tres parejas de elementos opuestos: enlentecimiento versus la agitación, como respuesta a la sobre-exigencia o la frustración; preocupación excesiva por momentos o situaciones triviales versus capacidad de captar y transmitir cosas esenciales; capacidad de vivir intensamente un presente concentrado versus la desorientación que implica un excesivo desprendimiento con respecto al pasado y al futuro.


Rev Méd Chile 2005; 133: 113-120
Artículo Especial
Aspectos fenomenológicos y éticos del envejecimiento y la demencia
Phenomenological and ethical aspects of aging and dementia

Otto Dörr Zegers*
*Profesor Titular de Psiquiatría de la Universidad de Chile, Jefe de Servicio del Hospital Psiquiátrico de Santiago.

Aging is a difficult stage in human life, due to the limitations it imposes and the nearness to death. Modern society tends to be prejudiced against oldness. When dementia is also present, prejudices can be transformed into rejection. The aim of this author tries to devise a phenomenological description of oldness and points out its potentially positive aspects. Following Scheller's classification of dementias (1965), this author tries to determine the common elements of their different forms, using the phenomenological method, which can be applied either to one or to many cases of aging or dementia, not being the number of observations the fundament of the study, as in the case of empirical sciences. Three essential features characterize the spatiality of aging: distance, reduction of mobility and coexistence of the essential and the tangential; temporality is characterized by slowing, coexistence of essential and trivial elements and predominance of present over future and past. In the case of dementias, all characteristics attributed to senescence are exaggerated and/or deformed, for example, «distance» is transformed into indifference or «slowing» becomes a paralysis of temporal development. Now, regarding the main forms of dementia, this author sees their common feature in the loss of the Ego's ability to rise above the immediate situation, to be able to reflect on the environment and on him or herself. This wide vision both of aging and of the dementia process enables the author to identify the prejudices weighing over old age that must be overcome, as well as the reasons to respect and take care of the elderly when they are caught in a process of deterioration (Rev Méd Chile 2005; 133: 113-20).

(Key-words: Aging; Dementia; Ethics, medical)


Antes de abordar el tema de las implicaciones éticas del envejecimiento y la demencia es necesario reflexionar sobre lo que estos estados o procesos son en su esencia. Nuestra aproximación será fenomenológica; intentaremos definir estos procesos desde sí mismos y no desde sus causalidades biológicas, como podría ser la esclerosis de los vasos cerebrales y los consiguientes infartos, en la demencia vascular, o la acumulación de amiloide en la enfermedad de Alzheimer.
Fenomenología del envejecimiento
Tanto en castellano como en francés existen dos expresiones para referirse a la también llamada «tercera edad»: senescencia y senilidad. La primera apunta al proceso de envejecimiento normal y la segunda, a sus formas patológicas o procesos demenciales. Esta distinción es importante, por cuanto la senescencia encierra posibilidades de compensación, mientras que en la senilidad, como afirma Yves Pelicier1, «el organismo se abandona al proceso deficitario». Las posibilidades de compensación que tiene la senescencia, hacen imperativo eliminar los prejuicios con que nuestra sociedad occidental sobrecarga todavía a los ancianos. Una forma de acercarnos al mundo del anciano, sería determinar las características de su espacialidad y de su temporalidad -radicales antropológicos que muestran rasgos diferentes en las distintas etapas de la vida-, que ya iniciamos en un trabajo anterior2.
a) La espacialidad de la senescencia
El espacio humano poco o nada tiene que ver con el espacio de las dimensiones, ese que mide en centímetros, metros o kilómetros. Mucho más cerca se encuentra ese amigo que vive en París, a miles de kilómetros, según el espacio geográfico, que mi vecino, de quien me separan, según ese mismo espacio, sólo algunos centímetros de pared. Ahora bien, el existente humano es espacial desde su estructura misma como ser-en-el-mundo3, pero al mismo tiempo está permanentemente «regalando espacio» (ein-räumen), dejando a las cosas ser en su espacialidad. Sólo así es posible el conocimiento de las cosas y en el caso de los otros, es ese otorgar espacio la base del respeto, de la amistad y del amor. El espacio de la violencia es lo contrario del espacio amoroso, porque en él la lucha por el espacio vital (en la cual se enmarca también el mundo de la competencia profesional y comercial) se lleva al extremo del desplazamiento y la destrucción. Pero, así como hay un espacio propio del trabajo, otro del amor y otro de la violencia, existen muchos otros espacios humanos, como el religioso, el artístico o el matemático y, según las etapas de la vida, podemos distinguir al menos un espacio infantil, uno adulto y otro propio de la vejez. ¿Cuáles serían las características de este último?
1º El alejamiento: a diferencia del niño, que vive pegado a lo inmediato y del adulto, que vive lanzado en determinados proyectos de corto y mediano plazo, el anciano vive en un mundo de recogimiento o «toma de distancia»4. Esto no se refiere sólo al hecho de su abandono del trabajo, sino también a un alejarse de toda participación activa en la vida. La ambición, el afán de poder y el deseo, están en mayor o menor medida apagados. Ahora bien, esto no significa necesariamente pasividad o pereza, sino más bien un nuevo modo de estar en el mundo, un esperar tranquilo lo que la vida pueda regalar, sin tener que conseguirlo sobre la base del trabajo y del esfuerzo. La descripción de la conducta de los ancianos sentados en los parques es muy ilustrativa de este distinto modo de estar en el mundo. A diferencia de los niños, con su permanente inquietud y de los jóvenes que pronto se cansan de la inactividad, los ancianos pueden permanecer largo tiempo sentados en una actitud de contemplación tranquila de lo que ocurre alrededor. Ellos siguen sólo con leves cambios de posición de la cabeza el movimiento de la vida a su alrededor (el juego de los niños, el pasar de los caminantes, los ruidos y las conversaciones), mientras el tronco permanece en una suerte de inmovilidad. Los acontecimientos a su alrededor, son vividos por el anciano como si ocurrieran en un escenario y de ahí esa aparente contradicción entre el gran interés que les despierta cualquier cosa, por banal que ella sea y su casi inmovilidad. Esta actitud de alejamiento de todo se va acentuando en la vejez, hasta llegar, en los confines de la muerte, a una suerte de «transfiguración del cuerpo». ¡Cuántas veces hemos presentido la muerte de algún ser querido o conocido, de edad avanzada, sólo porque ese modo de estar alejado se había acentuado aún más y porque nos parecía que su cuerpo de alguna manera empezaba a flotar entre el cielo y la tierra!
2º Reducción de la movilidad: junto con el alejamiento de los afanes del mundo, observamos en el hombre mayor una especie de pobreza de movimientos. Esos movimientos que acompañan naturalmente a una acción determinada, y que no son del todo necesarios, van desapareciendo poco a poco con la edad. Mientras el hombre joven puede al mismo tiempo caminar, conversar, saludar y cambiar el paquete que lleva de una mano a la otra, el anciano sólo puede realizar estos distintos movimientos en forma secuencial. Esta motórica propia del envejecimiento denota una inconfundible semejanza con lo que ocurre en la enfermedad de Parkinson. La rigidez, la hipomimia y la ausencia de movimientos expresivos accesorios, que caracterizan a esta enfermedad, serían una versión extrema de esta reducción motora y por ende espacial, propia del hombre anciano. Pero la coexistencia de una reducción del espacio con un alejamiento del mundo se da, paradójicamente, junto a una apertura hacia el espacio más amplio, que es el espacio trascendente, el espacio sagrado. Es frecuente observar un aumento de la religiosidad en los ancianos, lo que no tiene que ver con el miedo a la muerte. Al igual que en el joven, la muerte es vivenciada por el anciano como algo muy lejano, aunque en su caso esté muy próxima desde el punto de vista cronológico. La mayor religiosidad del anciano se debe justamente a las características propias de su espacialidad: el alejamiento de los afanes del mundo, la disminución de la motilidad, que de algún modo prepara para el recogimiento y la apertura de la mirada hacia el espacio de la trascendencia.
3º Coexistencia de lo esencial y lo accesorio: el mundo del anciano está lleno de pequeñeces, de objetos inútiles, de órdenes innecesarios, de colecciones cualesquiera. Esto es muy evidente en la senilidad y en particular en la demencia de tipo Alzheimer, pero también se lo ve en el senescente normal. Las pequeñas cosas adquieren una importancia desmesurada. Goldstein5 ha atribuido este rasgo a una «pérdida de la actitud abstracta». Pensamos que no es necesariamente así, porque se trata de un fenómeno selectivo. No a cualquier objeto se aferra el anciano como si fuera lo más importante en el mundo, sino a todo aquello que ha tenido una particular significación en su vida: fotografías de tiempos pasados, objetos que pertenecieron a su madre o al hijo fallecido prematuramente y, luego, objetos personales como una lapicera o un reloj, que a su edad ya no son tan fácilmente comprables como lo fueron en la etapa productiva de su vida. Pero hay otra razón que nos hace pensar que este rasgo no es la mera expresión de una pérdida de la actitud abstracta y es el hecho que este aparente quedar preso en el espacio de lo pequeño y accesorio se da la mano con un fenómeno exactamente contrario, a saber, una gran capacidad para captar y comunicar cosas esenciales, condición que desde antiguo los ha hecho acreedores del calificativo de sabios. En efecto, con el envejecimiento se va produciendo un proceso de «esencialización», vale decir, una mayor capacidad tanto para aprehender valores eternos como para transmitirlos. Todo lo superfluo va siendo dejado de lado. Recordemos que Antonio Machado6, en uno de sus poemas más conocidos, manifiesta el deseo de que en las postrimerías de la vida la muerte lo encuentre «ligero de equipaje». En este mismo sentido, no deja de ser curioso el hecho de que con los años, la mayoría de las personas vaya perdiendo peso y que los ancianos obesos sean una excepción. Es como si la naturaleza misma se hiciera parte de este proceso de «aligeramiento» del cuerpo y del espacio, necesario en las cercanías de la muerte.
En resumen, la espacialidad del senescente está marcada por tres parejas de elementos opuestos: cercanía y distancia; reducción del espacio hasta la casi inmovilidad en la enfermedad de Parkinson y apertura hacia el más amplio de los espacios, el espacio sagrado; fijación a lo pequeño y accesorio de los objetos del entorno y, al mismo tiempo, capacidad de captar cosas esenciales y luego de transmitirlas.
b) La temporalidad de la senescencia
Con el tiempo ocurre como con el espacio, así, el tiempo cronológico es sólo un derivado, una abstracción del tiempo existencial. Frente a la uniformidad del tiempo cronológico en la vida humana, existen distintos tiempos según la edad o las circunstancias. El tiempo de la alegría es distinto al tiempo del dolor, el de la espera es infinitamente largo, mientras corto se hace siempre el tiempo del encuentro feliz. ¡Con qué velocidad transcurre en las etapas creativas de la vida y cuán lento se hace en la depresión! Pero también las distintas etapas de la vida tienen su propia temporalidad. Nadie podría discutir que el tiempo del niño es muy distinto al tiempo del adulto o al del anciano. Intentaremos delinear las características principales del tiempo de la senectud.
1º Enlentecimiento: el niño vive el tiempo como un lento transcurrir y entre el comienzo de las clases y el próximo veraneo, el espacio de tiempo le parece infinito. En el adulto ocurre lo contrario: para él cada año transcurre más rápido y esta velocidad aumenta en directa relación con los proyectos, realizaciones, compromisos y viajes que tenga. En la vejez, en cambio, abandonado ya el trabajo y sin tener que esforzarse para ganar el sustento, el tiempo vuelve a enlentecerse y, por ende, vuelve a alejarse la muerte, esa situación límite que tanto se acercara en la edad adulta, bajo la forma del miedo o la angustia y cuando nos encontrábamos en medio de las responsabilidades de hijos y trabajo. En la vejez nada urge y nadie nos necesita como antes en la oficina o en la casa, pero tampoco nadie nos obliga ni nos manda. Volvemos a tener entonces la sensación infantil de la omnipotencia: cualquier día haremos esto o aquello.
2º Contemporaneidad de momentos esenciales y triviales: paralelamente con este enlentecimiento ocurre otro fenómeno característico. Cada momento adquiere una importancia muy grande y casiequivalente. Es como si el anciano perdiera la capacidad de distinguir entre los momentos que son esenciales y los que no lo son y así, él da la misma importancia a la pérdida de un objeto cualquiera que a la visita de un hijo o a los síntomas iniciales de una enfermedad. Una versión extrema de este fenómeno es la conocida «reacción catastrófica» que presentan los ancianos con signos de deterioro o demencia frente a sobre-exigencias o frustraciones de la vida cotidiana. Sin distinguir el distinto valor o importancia que pueda tener una situación u otra, él reacciona con la misma angustia e irritación. Este fenómeno tiene, empero, su lado positivo y es el nivel de entrega que el anciano puede alcanzar en la relación con sus nietos y parientes, pero también con los animales. Quien haya tenido la suerte de gozar largamente a sus abuelos podrá dar fe de lo antedicho. ¡Cuánto tiempo nos dedicaron en la niñez, como si nosotros fuésemos lo más importante del mundo para ellos! En la literatura hay numerosos ejemplos de descripciones sobre la infinita riqueza que pueden alcanzar determinados momentos junto a personas ancianas.
3º La presentización: el futuro se esfuma al no haber obligaciones que cumplir ni proyectos que realizar. Toda la fuerza que el joven y el adulto invierten en un futuro que todavía no existe, se concentra en el anciano en el momento presente, haciéndolo más rico, intenso y prolongado. Por su parte, el pasado, tan olvidado por jóvenes y adultos, se hace palpablemente presente en el anciano a través de esa extraordinaria memoria para los hechos remotos, la que más que una mera capacidad mecánica de revivir imágenes, es otra forma de estar en el mundo y orientarse en él. Esta presentización del pasado nos explica esa capacidad del anciano de entregarse por horas a un presente sin actividades ni logros concretos, a un presente en apariencia vacío. En esos momentos, el anciano vive intensamente recuerdos lejanos, repasa minuto a minuto lo que fuera su niñez, su juventud y primera madurez y aprovecha toda la fuerza vital que el adulto gasta en proyectos para vivir con redoblada intensidad y a veces también profundidad, en ese presente que tiene ahí delante: un nieto, un paisaje, una conversación. Quizás sea este fenómeno de la concentración de toda la fuerza vital en un presente penetrado del pretérito, y alejando todo sueño sobre futuros inalcanzables, lo que otorga al anciano esa consistencia y redondez que en algunos alcanza el nivel de la sabiduría. El origen de la palabra sabiduría es sapere, que en latín significaba originalmente, saber en el sentido de saborear. Sabio era en el mundo clásico aquel que sabía distinguir sabores de vinos y comidas. El sabio es entonces un catador o ungourmet. Ahora bien, si algo es propio de estas personas es su capacidad de dar con la medida justa, con la medida perfecta, algo que tiene en común con el hombre de buen gusto, que lo emparienta con el hombre de sentido común. El sabio es todo esto en forma superlativa. El anciano llega naturalmente a la sabiduría desde este fenómeno de la presentización, a través del cual podrá saborear bien y descubrir la medida y el buen gusto de ese presente concentrado y enriquecido que es o debería ser su vida.
En resumen, la temporalidad del senescente está marcada también por tres parejas de elementos opuestos: enlentecimiento versus la agitación, como respuesta a la sobre-exigencia o la frustración; preocupación excesiva por momentos o situaciones triviales versus capacidad de captar y transmitir cosas esenciales; capacidad de vivir intensamente un presente concentrado versus la desorientación que implica un excesivo desprendimiento con respecto al pasado y al futuro.
Fenomenología de la demencia
En el envejecimiento patológico o senilidad, todos los rasgos descritos pierden su aspecto positivo para mostrar sólo el lado deficitario. Y así, en lo que se refiere a la espacialidad, el «alejamiento» se transforma en indiferencia, la «reducción de la movilidad», en inmovilidad y pérdida del acceso al espacio trascendente, mientras la «coexistencia de lo esencial y lo accesorio» se transforma en una mera ocupación con objetos inútiles y órdenes innecesarios. Por su parte, en lo que se refiere a la temporalidad, el «enlentecimiento» se transforma en una paralización del devenir temporal, la «contemporaneidad de elementos esenciales y triviales» desparece bajo el imperio de la trivialidad y la «presentización» o presente enriquecido se diluye hacia una puntualidad vacía sin conexión alguna con el pasado ni con el futuro.
Si prescindimos de las distintas formas de demencia según su etiología (enfermedad de Alzheimer, demencia vascular, demencia post-traumática, demencia alcohólica, etc.) y nos atenemos sólo a las formas de presentación de los síndromes orgánico-cerebrales, tendríamos que distinguir, siguiendo a Scheller7, al menos tres grandes síndromes: un «síndrome cerebral difuso», descrito fundamentalmente por Bleuler9, un síndrome cerebral focal con varios subsíndromes, descrito por Scheller y el síndrome de Korsakoff. Las causas más frecuentes del «síndrome cerebral difuso», son la enfermedad de Alzheimer y la demencia por infartos múltiples o vascular y los síntomas fundamentales son el compromiso de la memoria, en particular de la de fijación, la alteración del pensamiento, en el sentido de una disminución de la cantidad de representaciones simultáneamente posibles y la alteración de la afectividad, caracterizada en lo fundamental por la incontinencia afectiva y las reacciones catastróficas. A lo anterior, habría que agregar el cambio de la personalidad, que va a ser diferente en intensidad y forma según la etiología.
El «síndrome cerebral focal» muestra, en primer plano, alteraciones de la afectividad, de la impulsividad y de la espontaneidad, con una conservación relativa de la inteligencia y de la memoria. H Scheller ha distinguido tres subsíndromes focales: el «síndrome de la pérdida de los valores», descrito originalmente por Meynert, y donde el daño reside en la región basal del lóbulo frontal o cerebro orbital de Kleist. Las causas más importantes son la enfermedad de Pick y los meningiomas de la región olfatoria. El segundo subsíndrome de Scheller, es el de la «pérdida de la espontaneidad», cuadro en el cual los actos libres y orientados hacia un propósito son reemplazados paulatinamente por actos cada vez más automáticos, que obedecen en forma ciega a estímulos externos. Este síndrome aparece cuando se compromete la parte anterior del lóbulo frontal, ya sea por un tumor, por un traumatismo o por la misma enfermedad de Pick. Este cuadro se combina frecuentemente con el síndrome cerebral difuso en los cuadros demenciales de tipo Alzheimer muy avanzados. El tercer subsíndrome, es el de la «pérdida de la capacidad simbólica», con asimbolia y afasia transcortical y que se presenta en lesiones localizadas en el lóbulo temporal. Este subsíndrome aparece en las formas preseniles de la enfermedad de Alzheimer o como consecuencia de traumatismos encéfalo-craneanos.
La tercera forma de presentación de los cuadros demenciales es el síndrome de Korsakoff, que ha de considerarse como independiente, tanto del síndrome cerebral difuso como del local, por tener un perfil psicopatológico muy característico. Los síntomas clásicos de este síndrome son la amnesia para hechos cercanos en el tiempo con conservación de los recuerdos antiguos y también de la memoria de fijación inmediata; la desorientación témporo-espacial; la fabulación de perplejidad y los falsos reconocimientos. El sustrato anátomo-patológico del síndrome de Korsakoff es la lesión bilateral, aunque no necesariamente simétrica, del llamado circuito de Papez o circuito límbico-hipocampo-mámilo-tálamo-cingular. Las causas más frecuentes de este síndrome son el alcoholismo, las intoxicaciones severas con gases como el monóxido de carbono y el anhídrido sulfuroso y los tumores que pueden afectar esa zona.
La pregunta es ¿qué constituye lo esencial de la demencia? ¿Por qué hablamos de demencia tanto en el «síndrome cerebral difuso» de Bleuler8, con el típico compromiso de la memoria, la inteligencia y la afectividad y también en los «síndromes cerebrales focales» de Scheller7, donde, a veces, la memoria y la inteligencia en gran medida se conservan? Lo que todos estos cuadros presentan en común es un cambio global de la personalidad, que hace que los familiares consideren al paciente como esencialmente «distinto». Este carácter global del cambio de la personalidad, no en el sentido de los «trastornos de personalidad», sino del ser-persona, que observamos en las demencias, también ocurre en una enfermedad completamente distinta, como es la esquizofrenia. Ambos cuadros también tienen en común el carecer de conciencia de enfermedad: ni el esquizofrénico acepta estar loco ni discutir el contenido de su delirio, ni el demente se da cuenta de su empobrecimiento intelectual, afectivo o valórico. Uno podría pensar, entonces, que en ambas enfermedades hay una falla en la «conciencia de sí mismo». Sin embargo, algo nos dice que el fenómeno es diferente en una y otra, y precisar esta diferencia podría ser una forma de acercarnos a la esencia misma de la demencia. Porque cabe preguntarse: ¿el hecho que un esquizofrénico afirme que le transmiten pensamientos por telepatía, significa necesariamente que él carece de la capacidad de reflexionar sobre sí mismo, o no es más bien que el mundo se le abre a su percepción conteniendo la posibilidad de la transmisión telepática y que al ser ese el modo de su mundo no cabe que tenga dudas sobre él? Recordemos la famosa frase de Hegel: «El individuo es lo que es su mundo en cuanto suyo»9. El esquizofrénico se asume y se proyecta como ser histórico, vale decir, como persona, pero lo hace hacia un mundo que para el resto de la sociedad es extraño, absurdo, imposible, mágico, o lo que sea. De lo que resulta que, la tal falta de conciencia de enfermedad que le atribuimos al paciente psicótico nada tiene que ver con su conciencia de sí como tal, sino más bien con el hecho de una incompatibilidad de mundos que se chocan: el del esquizofrénico y el de los otros, los sanos, ¡pero mundos, al fin!
Muy distinto se nos muestra el fenómeno de la falta de conciencia de enfermedad en el demente. Cuando el enfermo de Korsakoff mira nuestro delantal blanco y el tubo de luz neón y nos confunde con su amigo, el carnicero de la esquina, resulta evidente que lo que él no está pudiendo hacer, es tomar distancia de su vivenciar irreflexivo y apegado a su entorno para definirse o más bien asumirse respectivamente, por ejemplo, como un sujeto de 75 años con tal o cual historia, que ha venido a consultar a un médico por determinadas molestias, a pedir su ayuda, etc. Es decir, el paciente orgánico equivoca, y con toda naturalidad, la situación y la identidad del médico desde su incapacidad de colocarse sobre la situación vivida, para reflexionar acerca de ella y de sí mismo en cuanto sujeto histórico. Es por eso que su vivenciar es el mero reflejo de las necesidades vegetativas o de las emociones elementales, mientras su conducta termina por reproducir automáticamente, en los fenómenos en «eco», los estímulos externos, como ocurre en algunos síndromes cerebrales locales. En el esquizofrénico, en cambio, hay una metamorfosis semántica de un mundo ya trascendido por un yo percipiente y configurante y en esa medida es que podemos afirmar que su auto-reflexividad está conservada. Zutt10 piensa que la capacidad de reflexión sobre sí mismo constituye la función más elevada y más propia de la inteligencia humana, mientras que el resto de las habilidades las tenemos casi todas en común con los animales. El demente ha perdido la capacidad de saber que sabe o no sabe, que puede o no puede, que ha vivido o no ha vivido y, por eso, no recuerda, no entiende, es desajustado, es torpe, es esclavo del mundo en cuanto estímulo. Esta forma superior de inteligencia corresponde a lo que también se conoce como «factor G de Spearman», factor que satura o trasciende todas las pruebas y que, según Henry Ey, no es sino «el yo (mismo) en cuanto sujeto y agente de la inteligibilidad de su mundo»11.
Es la capacidad de conocerse conociendo el mundo, y viceversa, la que se pierde en los cuadros orgánico-cerebrales que conducen a la demencia. Así concebida esta cualidad superior del yo, se comprende la afirmación de Brinck12, cuando dice que la conciencia es una cualidad de los actos, porque el yo es en cuanto actualización y cada acto lo sé mío y al saberlo lo trasciendo y conozco y me conozco, sea que a través de mi acción modifico el entorno o que éste me modifica a mí a través de la percepción. Pero soy siempre yo quien opera y sabe que opera o percibe y sabe que percibe. Al fracasar esta función fundamental, por la cual el yo se constituye a sí mismo en las actualizaciones, desaparece necesariamente la memoria, por cuanto lo que se recuerda es justamente esa conciencia del acto; pero también se pierde la capacidad de abarcar la situación como totalidad (pérdida de la actitud categorial) y las emociones pierden su nexo esencial con el acto inteligente para reducirse a expresiones fragmentarias y desproporcionadas.
En los síndromes cerebrales locales también se puede comprender la mayor parte de los síntomas como expresión de la pérdida de la conciencia de sí mismo. Y así, en el «síndrome de la pérdida de los valores», también llamado demencia afectiva, el yo se presenta como un mero efector de necesidades vegetativas elementales, desapareciendo toda referencia a esa región del mundo del deber-ser, hacia el cual el yo venía encaminándose desde la oscuridad biológica de la infancia, a través de su permanente trascender la experiencia vivida. No tener valores significa incapacidad de proyectarse más allá de lo inmediato, esclavitud frente a las pulsiones internas. En el «síndrome de la pérdida de la espontaneidad» ocurre, en cierto modo, lo contrario, pues la existencia se hace esclava de los estímulos externos, hasta el extremo de la aparición de ecolalia y ecopraxia. El yo ya no puede comandar el vivenciar ni modificar el entorno, porque toda posibilidad de elevación sobre la situación, toda trascendencia se ha hecho imposible y así la vida psíquica deviene en una caricaturesca repetición de lo que aparece en el campo de la conciencia, sea como pulsión interna o como estímulo externo.
En suma, todos los déficits constatados en las distintas formas de demencia pueden reducirse a una sola falla fundamental: la incapacidad del yo de volver sobre sí mismo y tomar una posición o actitud, elevándose por encima de la vida pre-reflexiva. Pero ocurre que esta capacidad del yo no es una función más, sino aquello que define al hombre como ser racional e histórico. Si seguimos el pensamiento de Teilhard de Chardin13, descubrimos que lo que pierde el demente es, justamente, la capacidad que surge como clímax del proceso de la evolución, allí donde la naturaleza se vuelve, se enrolla sobre sí misma y da lugar a la conciencia a través de una sola de sus especies, el homo sapiens. Pero al mismo tiempo, esta capacidad de reflexión, este volver sobre sí mismo, es lo más propio del concepto que más acertadamente ha definido al ser humano, cual es el de persona. En la dialéctica entre el sujeto y su máscara, implícita en el concepto de persona, propuesto en la Grecia clásica, late esta conciencia de sí, distinta, pero simultáneamente idéntica al sujeto viviente y que hace del enfermo orgánico cerebral, al faltar, un demente. Ser demente significa entonces dejar de ser persona, algo que jamás se podría decir del esquizofrénico o del más grave de los depresivos. El esquizofrénico puede ser absolutamente autista o amanerado o incomprensible, pero sigue siendo una persona, en la medida que se asume de alguna manera y proyecta un mundo, se opone al otro y se sabe histórico, vale decir, está orientado. Porque la desorientación temporal, rasgo característico de todas las demencias, no es una consecuencia necesaria de la amnesia, como se afirma en algunos textos, ni menos aún de una agnosia particular, sino el resultado de haber perdido la capacidad de ser y por tanto, de hacer historia.
Consecuencias éticas
a) Relativas a la senescencia
Definida la ancianidad como una nueva etapa de la vida, con desafíos, proyectos y, sobre todo, ventajas sobre otras etapas de la vida, la primera consecuencia ética será abandonar los prejuicios que pesan sobre la vejez, reconociendo la dignidad de sus diferencias. El prejuicio más generalizado es que el anciano está sometido inevitablemente a un proceso regresivo y destructor, cuyo término es la muerte. Sin embargo, sabemos que no hay un parámetro biológico característico de la vejez, que no existe una correspondencia entre los hallazgos imaginológicos y la inteligencia o el rendimiento de los ancianos y, por último, que hay muchísimos casos de ancianos que no se demencian y que mantienen su espíritu despierto hasta el final. Un ejemplo concreto de prejuicio sin fundamento se refiere a una de las características fenomenológicas que describiéramos en la vejez: el enlentecimiento. En efecto, todo en ellos es más lento y el tiempo mismo, como decíamos, vuelve a fluir con la morosidad de la infancia. Pero ocurre que las personas ancianas compensan largamente esa menor velocidad con la mayor concentración que son capaces de lograr. Ellos cometen muchos menos errores de distracción que los jóvenes. Es, con frecuencia, la sociedad la que le impone al anciano una velocidad que no se condice con la que es propia de su edad. Esto sucede a diario con la velocidad de cierre de las puertas de los trenes del metro, con el tiempo que se les exige para hacer un depósito o una gestión bancaria cualquiera, etc. La sociedad debe, ante todo, conocer lo que es la ancianidad en sus aspectos, tanto positivos como negativos y acomodar en lo posible los tiempos y los espacios urbanos a la temporalidad y a la espacialidad de estos seres privilegiados que son los ancianos.
Otro estereotipo negativo es el que se refiere a su capacidad afectiva. Se les supone incapaces de establecer nuevas relaciones afectivas o amorosas. Lo que ocurre de verdad, es que dentro de este estrechamiento de la existencia propio de la edad disminuye el interés por aumentar el círculo de relaciones; pero, en cambio, su capacidad de profundizar en ellas es mucho mayor.
En el campo cognitivo y aun cuando en el mundo moderno se los tiende a marginar, es sabido que a lo largo de la historia su situación ha sido diferente. En la antigüedad clásica se les tenía el mayor respeto y se les identificaba casi con la sabiduría. Recordemos la Asamblea de los Gerontes, en Grecia, o una institución que llega hasta el día de hoy, como es el Colegio de Cardenales en Roma, donde la mayoría de sus miembros ha sobrepasado los 70 años.
Los ejemplos de malentendidos respecto a la vejez son múltiples y no es el caso de extenderse más. Pero consideramos fundamental otorgarle al anciano el lugar que le corresponde en la sociedad, reconociendo sus muchos aspectos positivos y tratando de compensar como sociedad sus fragilidades y sus déficits.
b) Relativas a la demencia
La demencia plantea un problema ético completamente diferente a la senescencia, por cuanto se pierde justamente lo más propio de la condición humana: la auto-reflexión y el manejo de sí mismo y del entorno. La tarea fundamental de la sociedad es, entonces, la protección del demente, porque él no es capaz de cuidar de sí mismo en ningún sentido. Las preguntas claves son ¿en qué momento declararlo interdicto y nombrarle un tutor?, ¿en qué momento trasladarlo desde la casa familiar a la casa de reposo?, tomando en consideración que los cambios son para ellos muy perturbadores. Ahora bien, esto no significa, en casos de demencia muy extrema, que la familia tenga que mantenerlo en casa hasta el último minuto. Dependerá mucho de las condiciones económicas y del número de familiares que puedan encargarse del cuidado del paciente demente, pero, en nuestra opinión, un buen momento para promover el traslado a una institución especializada es cuando ya se instala definitivamente la incontinencia de esfínteres. Esto es válido en lo fundamental para los síndromes cerebrales difusos y, en particular, para los pacientes con Alzheimer, los que, como es sabido, mantienen las formas de conducta y de la educación recibida hasta bastante avanzada la enfermedad. Distinto es el caso en los síndromes frontales o de pérdida de los valores, donde el comportamiento del paciente puede hacerse inmanejable al interior de la familia, dada la posibilidad de conductas perversas y agresivas. Pero, en todo caso, así como en la senescencia el acento tiene que ser puesto en permitirle el mayor desarrollo posible de sus potencialidades, en el caso de los cuadros demenciales será lo más importante el aspecto custodial, que deberá ser, por cierto, lo más elaborado y digno posible, no en último término, porque al representar la demencia el mayor fracaso imaginable del espíritu humano genera necesariamente, en los que todavía no están dementes, miedo, angustia y hasta diría, pavor. Mayor debe ser entonces la preocupación por no caer en actitudes de desprecio y abandono hacia seres que, aun cuando han perdido lo mejor de sí mismos, representan una triste posibilidad humana de la que ninguno de nosotros puede declararse libre.


Referencias

1. Pelicier Y. Les rôles du troisième âge: Un indicateur socioculturel d'efficacité. Sciences et Devenir de l'Homme, Les Cahiers du MURS 1985; 2: 19-33.         
2. Dörr-Zegers O. Approche phénomenologique au problème du vieillissement normal. 1993; 25, 13: 1319-23. Psychologie Medicale         
3. Heidegger M. Sein und Zeit (1927). 10. Auflage. Tübingen: Niemayer, 1963.         
4. Buytendijk FJJ. Allgemeine Theorie der menschlichen Haltung und Bewegung. Berlin-Göttingen-Heidelberg: Springer Verlag, 1956.         
5. Goldstein K. Zum Problem der Tendenz zum ausgezeichneten Verhalten. Dtsch. Z. Nervenheilk 1929; 109: 1-61.        
6. Machado A. «Retrato». En: Antología Poética. Estella: Salvat Editores S. A.; 1971.         
7. Scheller H. Über den Begriff der Demenz und unterscheidbare klinische Formen von Demenzen. Der Nervenarzt 1965; 36: 1-7.       
8. Bleuler E, Bleuler M. Lehrbuch der Psychiatrie. Berlin, Heidelberg, New York: Springer-Verlag; 1975.        
9. Hegel GWF. Cit. por Blankenburg, W., en: Der Verlust der natürlichen Selbstverständlichkeit.Stuttgart: Ferdinand Enke Verlag; 1971; 116-17.         
10. Zutt J. «Was lehren uns die Demenzzustände über die menschliche Intelligenz»: Der Nervenarzt 1964; 35: 1-5.         
11. Ey H. Tratado de Psiquiatría. Barcelona: Editorial Toray-Masson, S. A. (1969).         
12. Brinck G. Síntomas comunes en el cuadro orgánico cerebral. Santiago: Ediciones de la Vicerrectoría de la Universidad de Chile; 1974.         
13.Teilhard de Chardin P. El fenómeno humano. Madrid: Taurus; 1967.