Otto Dörr Zegers*
*Profesor Titular de Psiquiatría de la Universidad de Chile, Jefe de Servicio del Hospital Psiquiátrico de Santiago.
a) Relativas a la senescencia
Definida la ancianidad como una nueva etapa de la vida, con desafíos, proyectos y, sobre todo, ventajas sobre otras etapas de la vida, la primera consecuencia ética será abandonar los prejuicios que pesan sobre la vejez, reconociendo la dignidad de sus diferencias. El prejuicio más generalizado es que el anciano está sometido inevitablemente a un proceso regresivo y destructor, cuyo término es la muerte. Sin embargo, sabemos que no hay un parámetro biológico característico de la vejez, que no existe una correspondencia entre los hallazgos imaginológicos y la inteligencia o el rendimiento de los ancianos y, por último, que hay muchísimos casos de ancianos que no se demencian y que mantienen su espíritu despierto hasta el final. Un ejemplo concreto de prejuicio sin fundamento se refiere a una de las características fenomenológicas que describiéramos en la vejez: el enlentecimiento. En efecto, todo en ellos es más lento y el tiempo mismo, como decíamos, vuelve a fluir con la morosidad de la infancia. Pero ocurre que las personas ancianas compensan largamente esa menor velocidad con la mayor concentración que son capaces de lograr. Ellos cometen muchos menos errores de distracción que los jóvenes. Es, con frecuencia, la sociedad la que le impone al anciano una velocidad que no se condice con la que es propia de su edad. Esto sucede a diario con la velocidad de cierre de las puertas de los trenes del metro, con el tiempo que se les exige para hacer un depósito o una gestión bancaria cualquiera, etc. La sociedad debe, ante todo, conocer lo que es la ancianidad en sus aspectos, tanto positivos como negativos y acomodar en lo posible los tiempos y los espacios urbanos a la temporalidad y a la espacialidad de estos seres privilegiados que son los ancianos.
Otro estereotipo negativo es el que se refiere a su capacidad afectiva. Se les supone incapaces de establecer nuevas relaciones afectivas o amorosas. Lo que ocurre de verdad, es que dentro de este estrechamiento de la existencia propio de la edad disminuye el interés por aumentar el círculo de relaciones; pero, en cambio, su capacidad de profundizar en ellas es mucho mayor.
En el campo cognitivo y aun cuando en el mundo moderno se los tiende a marginar, es sabido que a lo largo de la historia su situación ha sido diferente. En la antigüedad clásica se les tenía el mayor respeto y se les identificaba casi con la sabiduría. Recordemos la Asamblea de los Gerontes, en Grecia, o una institución que llega hasta el día de hoy, como es el Colegio de Cardenales en Roma, donde la mayoría de sus miembros ha sobrepasado los 70 años.
Los ejemplos de malentendidos respecto a la vejez son múltiples y no es el caso de extenderse más. Pero consideramos fundamental otorgarle al anciano el lugar que le corresponde en la sociedad, reconociendo sus muchos aspectos positivos y tratando de compensar como sociedad sus fragilidades y sus déficits.
b) Relativas a la demencia
La demencia plantea un problema ético completamente diferente a la senescencia, por cuanto se pierde justamente lo más propio de la condición humana: la auto-reflexión y el manejo de sí mismo y del entorno. La tarea fundamental de la sociedad es, entonces, la protección del demente, porque él no es capaz de cuidar de sí mismo en ningún sentido. Las preguntas claves son ¿en qué momento declararlo interdicto y nombrarle un tutor?, ¿en qué momento trasladarlo desde la casa familiar a la casa de reposo?, tomando en consideración que los cambios son para ellos muy perturbadores. Ahora bien, esto no significa, en casos de demencia muy extrema, que la familia tenga que mantenerlo en casa hasta el último minuto. Dependerá mucho de las condiciones económicas y del número de familiares que puedan encargarse del cuidado del paciente demente, pero, en nuestra opinión, un buen momento para promover el traslado a una institución especializada es cuando ya se instala definitivamente la incontinencia de esfínteres. Esto es válido en lo fundamental para los síndromes cerebrales difusos y, en particular, para los pacientes con Alzheimer, los que, como es sabido, mantienen las formas de conducta y de la educación recibida hasta bastante avanzada la enfermedad. Distinto es el caso en los síndromes frontales o de pérdida de los valores, donde el comportamiento del paciente puede hacerse inmanejable al interior de la familia, dada la posibilidad de conductas perversas y agresivas. Pero, en todo caso, así como en la senescencia el acento tiene que ser puesto en permitirle el mayor desarrollo posible de sus potencialidades, en el caso de los cuadros demenciales será lo más importante el aspecto custodial, que deberá ser, por cierto, lo más elaborado y digno posible, no en último término, porque al representar la demencia el mayor fracaso imaginable del espíritu humano genera necesariamente, en los que todavía no están dementes, miedo, angustia y hasta diría, pavor. Mayor debe ser entonces la preocupación por no caer en actitudes de desprecio y abandono hacia seres que, aun cuando han perdido lo mejor de sí mismos, representan una triste posibilidad humana de la que ninguno de nosotros puede declararse libre.
Fuente: http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-98872005000100015
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